Permeabilidad emocional, como esa capacidad que tenemos en mayor o menor medida las personas para percibir, sentir y en algunas ocasiones dejarnos invadir por las emociones de los demás. Permeabilidad emocional que nos permite adelantarnos y preveer el daño que podemos causar, la emoción que pueden sentir otr@s y poder anticiparnos a causar un daño. Permeabilidad emocional con la mirada para detectar cansancio, soledad, miedo, ilusión. Esa permeabilidad tan a flor de piel en la infancia. ¿Quien no se ha parado a pensar porque un niño o una niña nos miran tan fijamente a veces? ¿Qué piensan de nosotros? Porque no nos están juzgando, no están pensando si somos altos, feos o guapos, piensan qué podemos sentir, qué podemos aportar, qué somos en esencia. Esta es una historia real, de permeabilidad emocional.
Para aquellos que no seáis de Pamplona o Navarra, la villavesa es el nombre que tenemos para referirnos al autobús público que tenemos. No tenemos metro, la villavesa es nuestra forma habitual de movernos en nuestra ciudad y comarca.
Voy a la parada a esperar a la villavesa, viernes, 4 de la tarde, hace un día extraño, al sol calor, a la sombra frío. No sé si el día es extraño o no, aquí es habitual tener estos días raros. Una mamá está con sus dos niñas. Las acaba de recoger del colegio. La mayor, de unos 6 años, agotada, está tumbada en la silleta de su hermana, de unos tres años. La mamá le grita: «Sal de ahí ahora mismo, no tengo más paciencia para aguantarte y decírtelo otra vez». La niña mayor llora suave y a mala gana, sale de la silleta. La mamá se dirige a la pequeña y le dice más calmada, venga échate tu a dormir aquí. La niña mayor mira a su madre, la busca con la mirada, no llora, la mirada es triste, rendida. Se acerca en varias ocasiones a su madre, solo quiere que la mire, que la vea, que la abrace. La madre no puede, está agotada. Transmite tristeza, cansancio y soledad. Pienso en lo que puede estar pasando para no poder más, para que no pueda verla. Habrá trabajado toda la mañana sin parar, estará enferma, habrá discutido con alguien, cualquier circunstancia de vida puede hacerte perder los papeles y tu propia esencia en un momento. No sé nada de su vida, no soy quien para juzgarla.
Subimos a la villavesa. Ellas se preparan para bajar, bajan antes que yo, se colocan cerca de la puerta, donde estoy yo, para estar preparadas cuando la villavesa pare. La niña mayor me mira (la pequeña duerme hace un rato en su silleta), me abraza, le acaricio el pelo y le digo. «Estás cansada, te gustaría dormir un rato». Ella me mira, me abraza fuerte y llora suavecito. Se abre la puerta de la villavesa, la mamá baja con prisa, en una mano lleva la silleta, en la otra lleva (arrastra) a la niña. La niña me agarra para que me vaya con ella. No puedo, la mamá le dice «que no te la puedes llevar», como si yo fuese un juguete en una estantería. La niña se va agotada, yo me quedo pensando si le he podido calmar en algo su pena, cansancio o miedo.
Cuántas circunstancias de vida nos hacen perder la conexión, cuántas situaciones extremas pueden dar al traste con esas oportunidades de ver a la infancia como personas vitales, sensibles y permeables a todas las emociones. ¿Porqué me eligió a mí para abrazarme con todas las personas que había en ese momento? Sigo creyendo que perciben más allá de lo que nos podemos imaginar. Sigo pensando en que cuando somos adultos perdemos esa permeabilidad emocional haciéndonos más insensibles y apáticos. Sigo pensando que tenemos mucho que aprender de la infancia.







